Ficción histórica · Jerusalén, 1948
Novela
La hermandad del muro
Un niño judío. Un niño árabe. Diez compromisos para sobrevivir al odio.
Les enseñaron a temerse. Aprendieron a cuidarse el uno al otro.
Jerusalén, mayo de 1948. Mientras los obuses caen sobre la Ciudad Vieja, un edificio se derrumba en el borde del Barrio Judío. Bajo los escombros quedan dos niños: Haim, judío, de once años, y Sami, palestino, de doce. Toda su vida les han dicho que el otro es el enemigo.
Nadie sabe que están vivos. Arriba, sus familias los lloran desde lados opuestos de la guerra. Abajo, en la oscuridad, tienen poca agua, dos dátiles y nueve días por delante. Empiezan a marcar en el muro unas reglas para sobrevivir juntos, reglas que caben en una sola pregunta: ¿esto une o divide?
Con ternura, humor y sin dar la razón a ningún bando, una amistad capaz de atravesar una guerra que todavía no termina.
Lee el comienzo
Ciudad Vieja de Jerusalén, 19 de mayo de 1948
El Davidka sonó antes que nada. Quien lo oía una vez no volvía a confundirlo: un estruendo hueco, gigantesco, que llegaba desde el otro lado de las murallas y hacía vibrar los cristales, el agua de los cántaros y el pecho de la gente. Hacía más ruido que daño, pero aquella mañana nadie en la Ciudad Vieja lo sabía. Solo sabían que el cielo parecía rasgarse, que después venía un silencio, y que el silencio era peor.
Después llegaron los otros. Los obuses silbaban primero y caían después, y cada uno tenía su propio ruido de piedra rota. Desde la calle no se distinguía de qué lado venía cada golpe. Debajo de un techo, daba igual.
La casa de los Levy se vino abajo a las siete y diez.
Haim tenía la costumbre de contarlo todo: los escalones, los pasos, los segundos entre el silbido de un obús y su estallido. Aquella mañana contaba en voz baja, moviendo los labios, porque contar era su manera de no tener miedo. Nunca pasaba de cuatro.
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